Torre Baró, el mirador más desconocido

Ya sabéis que aborrezco las hordas de turistas que invaden nuestras aceras, hay demasiados, pero no les culpo por venir: Barcelona es una ciudad maravillosa. De vez en cuando os hablo de rincones tranquilos, como el Turó del Putxet, y de otros, archiconocidos, como la Pedrera, pero hoy toca de hablar de dos miradores en los que es raro encontrar algún turista e, incluso, barceloneses que no sean del barrio.

El primero de ellos es el castillo de Torre Baró, esa estructura fantasmagórica que se ve al salir por la Meridiana. A medio camino entre el barrio homónimo y el de Roquetes, ofrece unas vistas privilegiadas de la Barcelona más desconocida (Nou Barris, Horta, Sant Andreu y Sant Martí), así como de Santa Coloma de Gramenet, Sant Adrià del Besòs y Badalona.

Debe su nombre a dos torres construidas por la familia Pinós en los siglos XVI y XVIII, ya desaparecidas, y a pesar de su aspecto medieval, el castillo es una construcción de principios del siglo pasado. Debía albergar un hotel, que debía ser el centro de la ciudad jardín proyectada al estilo del Park Güell, pero la iniciativa se quedó sin fondos, las obras quedaron inconclusas. Durante la Guerra Civil, el castillo fue ocupado por los republicanos, que construyeron una batería antiaérea cerca de allí, pero las tropas sublevadas se hicieron con él y usaron los alrededores campo de concentración.

Desde entonces, la historia de Torre Baró y otros barrios de Nou Barris, como Roquetes, es muy parecida: las olas migratorias de los cincuenta y los sesenta y la necesidad de vivienda convirtieron la zona en un barrio de casas autoconstruidas con graves deficiencias urbanísticas y de servicios, que se paliaron con los años a base de mucho trabajo de los vecinos (construyeron las canalizaciones de agua corriente y el alcantarillado en sus días libres) y de protestas.

Algunas fueron un tanto radicales: consiguieron transporte público tras secuestrar varios autobuses, que no cerrara la guardería después de que padres y maestros la ocuparan, y que sí cerrara, literalmente a golpe de maza, la planta asfáltica en la que se producía el alquitrán necesario para la construcción de la Ronda de Dalt. Ahora las cosas son algo distintas pero queda mucho trabajo por hacer, especialmente a nivel social porque no puede ser que los vecinos de Torre Baró vivan once años menos que en Pedralbes y ya no hablemos de las diferencias económicas. Así que toca seguir luchando.

Pero retomando el hilo… El castillo fue restaurado y declarado patrimonio histórico por el Ayuntamiento de Barcelona en 1989 pero su deterioro obligó a restaurarlo de nuevo hace unos años. En 2014, se abrió al público gratuitamente y desde entonces se realizan visitas guiadas y actividades culturales. Podéis subir en coche pero el bus 82, que sale de Virrei Amat (L5) y pasa por Llucmajor (L4), os dejan en la puerta. Desde allí se pueden hacer varias excursiones y el descenso, con la ciudad a tus pies, es muy agradable.

Además, unos metros más abajo del castillo se encuentra la plaza Salvador Puig Antich, bautizada con este nombre la pasada primavera, 42 años después de su ejecución. Hasta entonces se conocía como el mirador de Roquetes y seguro que alguno recordará porque fue uno de los escenarios de la entrevista que Andreu Buenafuente hizo a Carles Puigdemont hace unos meses.

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El Turó de la Rovira y las baterías antiaéreas, desde el Turó de la Peira.

Y ahora, dejadme dar un salto hasta la cima del Turó de la Peira, un pequeño reducto verde entre más y más bloques de viviendas pero que gracias a sus 140 metros de altura permite contemplar Barcelona. No diré el tiempo que he tardado en subir viviendo a escasos metros pero creo que a partir de ahora será uno de mis refugios pese a la cruz de tintes franquistas.

El parque ocupa 7,71 hectáreas, que formaban parte de una antigua cantera, propiedad de la marquesa de Castellbell pero con la Segunda República pasó a manos municipales. El pinar abrió como parque público en 1936 y en 1977 fue remodelado aprovechando los terrenos de la antigua finca de Can Peguera, una masía conocida por este nombre porque usaba la resina de la pineda para fabricar pegamento.

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