Porto, mucho más que vinos

Se acerca el puente de diciembre. O acueducto. O megapuente, que seguro que algún espabilado se coge los nueves días. Por si os sirve de idea y dado que algunas personas muy queridas de mi entorno aprovecharán estos días para visitar Oporto y Lisboa, voy a revivir las vacaciones del año pasado para hablaros de ambas ciudades, llevaros a lugares desde donde disfrutar de las vistas con vistas y a playas desde las que despedir el día y a explicaros alguna que otra curiosidad.  Así que calzaos bien porque nuestra primera parada es empinada, adoquinada y llena de color gracias a la importante transformación que ha vivido en los últimos años: Oporto.

Oporto, baldosas, Portugal
Muchas de las casas de Oporto están alicatadas de arriba a abajo.

Claro que lo de las baldosas de colores viene antes, del siglo XIX, cuando muchos portugueses volvieron de Brasil con grandes fortunas. Las hay por toda la ciudad, como en el vestíbulo de la estación de San Bento, la iglesia Igreja do Carmo, el claustro de la catedral () y la Capela Das Almas. Pero también hay casas con fachadas alicatadas de arriba a abajo, como en Cais de Ribeira o alrededor de la Igreja dos Clérigos, cuyo campanario barroco fue el más alto de Portugal durante siglos. Aunque para decoración recargada, la de la Igreja de São Francisco, donde el pan de oro cubre casi la totalidad de las superficies. Se dice que hay ¡400 kilos de oro puro distribuidos por todo el interior!

Muy cerca de la Torre dos Clérigos se encuentra una de las librerías más bellas del mundo: la Lello & Irmão. Tras pagar una pequeña cantidad que se os descontará si compráis algún libro, entenderéis porqué algunos dicen que J.K. Rowling se inspiró en ella para diseñar Hogwarts (no está claro que sea cierto) y porqué muchos definen esta librería centenaria como una de las más bonitas del planeta, aunque ahora esté plagada de turistas. Abierta en 1869, el edificio actual data de 1906 y su fachada presenta detalles modernistas y neogóticos, pero lo más conocido es su interior, todo un viaje al pasado, con yeso pintado simulado ser madera, vidrieras de colores y, sobretodo, su increíble escalera.

Otra de las estampas míticas de Oporto es el Ponte Don Luis I, una maravillosa obra de ingeniería decimónica proyectada por Théophile Seyrig, discípulo de Alexandre Gustave Eiffel, en 1886. ¡La Torre Eiffel hecha puente! Patrimonio de la Humanidad desde 1996 junto al resto del barrio de la Ribeira, este imponente puente puede cruzarse a pie (por ambos niveles), en coche (por el inferior) o en metro (por el superior). Vayáis por donde vayáis, las vistas de Oporto, sus casas coloridas y el Duero salpicado de rabelos (las embarcaciones que traían el vino desde el interior) son formidables.

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Oporto, el puente de Luis I y el monasterio de Serra do Pilar, en Vila Nova de Gaia, desde el mirador de Vitoria.

También lo son desde la plaza del Paço Episcopal, junto a la catedral, y desde el Miradouro da Vitoria, que no está en la parte más bonita de Oporto (de hecho, sorprende la cantidad de casas en ruinas que hay, como en Estambul), pero que ofrece unas vistas espectaculares de la ciudad y de la vecina Vila Nova de Gaia. En este municipio, al otro lado del Duero, se amontonan decenas de bodegas de vino dulce, un caldo fruto de la guerra. En el XVII los comerciantes ingleses tenían dificultades para importar vino de Burdeos por las constantes guerras con Francia, así que se aficionaron al vino portugués pero como no aguantaba bien la travesía por el Atlántico le añadieron aguardiente para interrumpir la fermentación. Y ¡voilà!

Como la ciudad es pequeñita, aunque hay mucho más de lo que explico aquí, aprovechamos para acercarnos a Matosinhos a ver la puesta de sol en el Atlántico y, ya que estábamos, mojarnos los pies en las gélidas aguas. Un autobús nos dejó junto a la pequeña fortaleza de São João da Foz y nos acercamos hasta el faro de Felgueiras -cuidado con las gaviotas y los proyectiles que lanzan- antes de pasear por la playa y las calles que la bordean hasta el Castelo do Queijo para contemplar el atardecer. Si tenéis tiempo, ganas y la temperatura acompaña podéis daros un chapuzón en la playa, entre las rocas o en la piscina das Marés, pasado el puerto.

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Por cierto, he enlazado las ubicaciones por si las queréis guardar en vuestra sesión de Google Maps y descargaros el mapa para poderlo consultarlo ya allí aunque no tengáis conexión. Podéis organizarlas con etiquetas y usar el buscador. A Kike y a mí nos ha resultado muy práctico en los últimos viajes. 

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