Vivian Maier, la vida secreta de una niñera

A estas alturas, muchos de vosotros ya conoceréis la sorprendente historia de Vivian Maier y quizá ya sabéis que Foto Colectania acoge desde el lunes y hasta el 10 de septiembre la primera exposición que se hace en nuestro país sobre esta singular fotógrafa. Los que no, espero que este pequeño post os sirva para descubrir a la que ahora es un referente de la fotografía callejera junto a figuras de la talla de William Klein, Elliott Erwitt  o Garry Winogrand pese a que hace diez años era una completa desconocida.

Además de películas en Super-8 y cintas magnetofónicas de conversaciones con desconocidos, Maier dejó 120.000 negativos, la inmensa mayoría sin revelar. Siempre llevaba una cámara de fotos al cuello y disparaba de forma casi compulsiva: “Era su manera de relacionarse con el mundo”, apunta Anne Morin, comisaria de Vivian Maier. In her own hands.

Maier (1926-2009) era una mujer solitaria, introvertida y austera que trabajó durante 40 años cuidando hijos ajenos, primero en Nueva York y después en Chicago. Cuatro décadas durante las que retrató a cientos de desconocidos y plasmó escenas cotidianas del día a día y rincones emblemáticos de las dos ciudades, siempre “con un gran sentido de la composición, de la luz y del entorno”, añade Morin.

Muchos de los retratos fueron tomados en barrios obreros, donde se sentía más cómoda. “Ahí podía asimilarse. Son retratos de gente como ella, invisible, apartada, olvidada, abandonada”, sostiene la comisaria. Ataviada con grandes abrigos, sombreros de alas caídas, camisas masculinas, faldas recatadas y zapatos negros y austeros de tacón bajo, Maier usaba a menudo una Rolleiflex que le permitía pasar más inadvertida, ya que no necesitaba acercársela a los ojos para enfocar. Además, ese ligero contrapicado dotaba de una mayor presencia a los personajes.

También destacan sus autorretratos: “Es su parte más moderna y vanguardista, sin paralelismo con ningún otro fotógrafo”. Sin embargo, cada autorretrato la hace más enigmática pues poca información proporcionan: “Siempre hay algo que interfiere entre ella y su imagen”, pues en mayoría de veces aparece proyectada en una sombra, en un escaparate o un espejo.

Un tesoro en una subasta

Las familias para las que trabajaba la vieron siempre con la cámara, pero nadie mostró la menor curiosidad por saber qué hacía con ella. Su obra estaba destinada al olvido y fue realizada sin vocación de ser mostrada hasta que John Maloof, un joven investigador sobre la historia de Chicago que buscaba fotografías de la ciudad, compró las pertenencias que tenía abandonadas en un guardamuebles y entre las que había algunas imágenes.

Cuando intentó localizarla, lo primero que encontró fue su esquela. Maier murió sola y casi en la indigencia, sin que nadie supiera lo extraordinaria fotógrafa que era (no son buenos todos los recuerdos que conservan los niños a los que cuidó aunque tres de ellos le costearon un pequeño apartamento hasta su muerte). Quizá si hubiera llegado a tiempo, Maier no lo hubiera autorizado a divulgar su trabajo. “Es cierto que ella las guardó para sí, nunca las mostró, pero una cosa es ocultar la obra y otra destruirla. Y ella decidió conservarla, como si hubiera querido dejar una puerta abierta”, recuerda Morin.

Desde que encontró los negativos, Maloof centra sus esfuerzos en dar a conocer el trabajo de Maier. Se han hecho exposiciones en todo el mundo -este mismo jueves se inaugura en la Fundación Canal de Madrid Vivian Maier, Street Photographer-, editado libros e, incluso, se rodó un documental, Finding Vivian Maier, que os animo a ver.

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