El mar hecho de piedras

La casa Milà y mi arte para fotografiar los pocos coches que pasaban...
La casa Milà y mi arte para fotografiar los pocos coches que pasaban…

El otro día el becario se reía porque me gusta hacer el guiri por Barcelona. Pero si millones de personas visitan la ciudad, será por algo, ¿no? Yo entiendo perfectamente que vengan más allá que por los precios, el calor, la comida o la fiesta. Y es que no todas las ciudades cuentan con edificios tan extraordinarios como la Pedrera, una de esas atracciones que miles de foráneos visitan cada año pero en la que, sin embargo, muchos barceloneses no han entrado. Hace unos días volví a visitarla con familia y amigos, y volví a comprender por qué viene gente del otro lado del planeta para verla. Gaudí era un genio y hasta mediados de junio la entrada es más barata para los residentes (y ¡aún no hay colas!), así que no lo dudéis.

La Casa Milà es una muestra de la plenitud artística de Gaudí en su etapa naturalista: se inspiraba en las formas orgánicas de la naturaleza para crear estructuras y volúmenes desprovistos de rigidez, es decir, de líneas rectas. Fue construida entre 1906 y 1910 en el número 92 del Passeig de Gràcia, una de las vías principales del Eixample (que conducía a la antigua villa de Gràcia) proyectado por Ildefons Cerdà y que la burguesía eligió para fijar su residencia. El propio Gaudí, que en esa época trabajaba en varios proyectos a la vez había diseñado en esta calle la Casa Batlló (1904-1906), así como la desaparecida Farmacia Gibert (1879).

Dicen que George Lucas se inspiró en las chimeneas de Gaudí para diseñar los cascos de los soldados imperiales y Darth Vader.
Dicen que George Lucas se inspiró en las chimeneas de Gaudí para diseñar los cascos de los soldados imperiales y Darth Vader.

Milà quería un edificio de grandes dimensiones para vivir en el piso principal —tenía la friolera de 1.323 metros cuadrados— y destinar el resto al alquiler, algo habitual en la época —Gaudí creó 15 apartamentos—, y la planta baja, al comercio. La obra sufrió varios retrasos ya que el proyecto superaba la altura y anchura fijadas en las ordenanzas municipales, motivo por el cual el dueño fue amenazado con sanciones e, incluso, con el derribo del desván y la azotea. La relación entre los Milà y Gaudí se enfrió por divergencias sobre la decoración interior y el arquitecto acabó abandonando la dirección de la obra en 1909 y llevando al propietario ante la justicia para cobrar sus honorarios, 105.000 pesetas que donó a los jesuitas.

Como curiosidad, agregar que durante la Guerra Civil, la Pedrera fue ocupada por el PSUC y su secretario general se instaló en la planta noble (llamadlo tonto). El estallido de la contienda pilló a los Milà en Blanes pero, como apoyaban al bando nacional, pudieron regresar a la casa, que vendieron a una inmobiliaria en 1946. El edificio sufrió varias remodelaciones, como la construcción de trece viviendas en el desván, entre otros, pero varias restauraciones han permitido recuperar buena parte de su esplendor y abrirla al público en 1987. Desde entonces, la casa Milà, que había sido declarada patrimonio de la humanidad tres años antes, ha recibido 20 millones de visitas. Casi nada. Cualquiera lo hubiera dicho hace un siglo, pues no gustó a la burguesía y suscitó muchas burlas que dieron pie al nombre con el que se la conoce.

En realidad, el enorme edificio está compuesto por dos bloques de seis plantas —con diseños distintos cada una— que solo están unidos por su parte inferior y cada uno gira entorno a un patio interior, uno ovalado y otro circular, que están conectados entre sí. Además, cuenta con un sótano —que servía de garaje y de sala para las máquinas de la calefacción—, un desván —que albergaba los lavaderos y otras zonas de servicios, y actuaba a la vez de regulador térmico— y la azotea. Y otra cosa curiosa, aunque gracias a la continuidad formal y estilística parece que haya una, en realidad hay tres fachadas y la del paseo de Gracia es la única que no tiene puerta de acceso. Además, se aguantan solas gracias a un sistema de vigas de hierro, lo que permitió abrir 150 ventanas en la piedra calcaria con la que fueron recubiertas formando arcos ondulados a las que los picapedreros acabaron de dar la forma deseada por Gaudí guiándose por una maqueta de yeso.

La salida de escaleras que enmarca el Tibidao, aunque u
La salida de escaleras que enmarca el Tibidao, aunque u

La única parte de la fachada que no está recubierta de piedra es la azotea, donde se usó cerámica blanca para crear el popular trencadís que Gaudí ya había usado en el Park Güell, y que dan la sensación de ser la espuma del mar. Y es que las formas onduladas evocan el oleaje marítimo. De hecho, el arquitecto modernista diseñó unas baldosas hexagonales con motivos marítimos para pavimentar la calle en la zona del edificio aunque acabó usándose en todo el paseo. Los 33 balcones, de hierro forjado —igual que las puertas de acceso al edificio—, simulan ser algas marinas entre las que se pueden encontrar varias flores, una paloma, una máscara de teatro, una estrella y el escudo catalán (admito que deberé fijarme más la próxima vez). En el interior, hay otros detalles ornamentales marinos, como falsos techos de yeso que simulan olas de mar, así como pinturas de pulpos, caracolas y flora marina. Hasta el desván, formado por 270 arcos catenarios que se unen en el techo, parece la quilla de un barco puesto bocabajo. Ah, si os asomáis desde la azotea, veréis la fachada posterior, más sobria pero con las mismas formas ondulantes.

Las chimeneas suelen presentarse de tres en tres o por parejas, pero he aquí una de las pocas que está sola.

Gaudí también quería imprimir en el edificio un alto simbolismo religioso por lo que, entre otros detalles ornamentales, concibió un gran conjunto escultórico religioso de piedra, metal y cristal con el que coronar la fachada. Sin embargo, este proyecto fue abandonado tras la Semana Trágica, aunque se conservó la inscripción Ave Gratia M plena, Dominus tecum. Pero el arquitecto no sólo pensaba en la estética, sino que equipó el edificio con todas las ventajas de la vida moderna, como ascensores, agua caliente, gas y un garaje subterráneo al que se accedía por la rampa. Del interior, no os hablaré pues, sin desmerecer, estamos acostumbrados a ver mobiliario art nouveau en películas y series de época. Además, la visita al piso fue fugaz, igual que a la exposición de la buhardilla, pues durante los meses de invierno cierran a las 18.30 y pasamos mucho tiempo contemplando la magnífica puesta de sol y los juegos de luces y sombras de la azotea. Tenedlo en cuenta si váis e, incluso, preguntad si podéis hacer la visita al revés, reservando para el final la terraza. No reciben muchos visitantes locales, así que quizá cuele.

Varias chimeneas y una de las salidas de escaleras.

Y es que la azotea merece un capítulo a parte. Si todo el edificio es sorprendente, cuidado hasta el más mínimo detalle, la terraza deja a una sin palabras. Es realmente inspiradora con sus formas sinuosas y su sinfín de esculturas. Está compuesta por varias secciones de volúmenes y niveles distintos —gracias a los arcos del desván— unidos por pequeños tramos de escaleras y cuenta con 30 chimeneas, dos torres de ventilación y seis salidas de escalera. Estas últimas están coronadas por pequeñas torres cónicas, de las que las cuatro que dan a la calles están cubiertas de trencadís y dos de ellas tienen ondulaciones helicoidales (como si fueran merengues) y el resto, forma de camapana, igual que las dos que dan al interior de la manzana, que están estucadas con un color ocre. Cada torre está rematada con la típica cruz gaudiniana de cuatro brazos aunque cada una tiene un diseño distinto. Y para más inri, dos de las cúpulas cuentan con sendos arcos que enmarcan dos templos expiatorios: el del Tibidabo y el de la Sagrada Familia.

Las dos torres de ventilación se encuentran en la fachada posterior y los conductos procedentes del sótano terminan en formas abstractas hechas con ladrillos recubiertos de mortero también de color ocre. Es la misma técnica constructiva que empleó en los elementos más populares de la azotea: las 30 chimeneas esparcidas por toda la terraza, que giran sobre sí mismas en forma helicoidal (¡para qué trazar una línea recta!) y que están coronadas por misteriosos cascos de guerreros. Tres de ellos están recubiertos de trozos de botellas de cava. Y el colofón: en una de las chimeneas hay un corazón que apunta hacia la ciudad natal de Gaudí, Reus, y en el otro lado, otro corazón con una lágrima que apunta hacia la Sagrada Familia. Algunos expertos lo interprentan como una muestra de la tristeza que sentía el arquitecto por no poder terminar su obra.

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