Volcanes, hayas y una suculenta gastronomía

Aprovechando el buen tiempo, decidimos ir a la Fageda d’en Jordà pero no miramos bien cómo llegar y acabamos visitando el volcán Croscat en lugar de perdernos en el hayedo que en esta época adquiere un sinfín de tonalidades rojizas, anaranjadas y amarillas tornasoladas. O, al menos, debería porque con este calor, ni los árboles deben saber qué temporada es. En cualquier caso, la excursión valió la pena y nos quedamos con ganas de más, de perdernos por los hayedos y robledos, de pasear por alguno de los pueblos de la zona y de disfrutar de nuevo de su gastronomía.

La brecha abierta por la explotación de gredas en el Croscat
La brecha abierta por la explotación de gredas en el Croscat

La Fageda es uno de las 28 reservas naturales que componen el Parque Natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa, formada por una cuarentena de conos volcánicos de entre 10.000 y 700.000 años, una decena de cráters, una veintena de conos bien conservados y más de 20 coladas de lavas basálticas. Son 15.000 hectáreas que también incluyen once municipios, como Castellfollit de la Roca, que se encuentra en un riscal basáltico de unos 40 metros de altura y de un kilómetro de largo sobre los ríos Fluvià y Toronell.

El bosque crece sobre la colada del volcán Croscat, que se extiende entre los municipios de Sana Pau, Olot y Les Presses. Es un espacio llano aunque con lomas de la lava de una veintena de metros conocidas como tossols. Está compuesto por hayas de mediano y gran tamaño gracias a la abundante lluvia y un clima fresco, entre el mediterráneo y el atlántico de los Pirineos. Recuerdo que de pequeña recorrimos la Fageda en un carro tirado por un percherón y me encantó. Quizá porque era la época de La bella y la bestia, pero es un sitio fantástico para ir con críos y hacer alguna de las múltiples excursiones a pie, a caballo o en carro.

La lava se ha vuelto rojiza por la oxidación.
La lava se ha vuelto rojiza por la oxidación.

En cualquier caso, nosotros nos quedamos con las ganas de perdernos entre las hayas, pero el Croscat nos sorprendió gratamente por parecer un paraje marciano. Es el mayor cono de la península Ibérica aunque de lejos no parece un volcán y no es posible ver su cráter en forma de herradura desde ningún punto de los itinerarios señalizados. Sin embargo, no es conocido por ello sino por la huella que dejó en él la extracción de gredas para producir ladrillos y pistas de tenis durante 25 años.

La presión popular empujó al Parlament a crear el parque natural pero siempre será visible el tajo, que permite ver las distintas capas de lava, que a causa de la oxidación ha ido adquiriendo tonalidades rojizas y anaranjadas, sustituyendo los negros y grises originales. El Croscat no es solo el mayor cono de la península sino que fue el último en entrar en erupción, hace 11.500 años. Unos 5.500 años antes registró su primera erupción.

Si llegáis pronto y con ganas de andar, podéis acercaros, siguiendo la ruta 1, hasta uno de los grandes volcanes de la zona (en la parte realidad, son pequeños si los comparamos con los que hay en otras partes del planeta y con la densa vegetación son incluso difíciles de identificar): el de Santa Margarida, que recibe el nombre de la pequeña ermita románica que hay en el centro del cráter. Dejando atrás el volcán y pasando por bosques de encinas y pequeños prados, se llega hasta la Fageda d’en Jordà, que da nombre a una cooperativa dedicada a la producción de riquísimos derivados lácteos y que da trabajo a personas con discapacidad intelectual.

El parque está lleno de pequeños campos y lomas de lava rojiza.
El parque está lleno de pequeños campos y lomas de lava rojiza.

De hecho, la gastronomía de la zona merece una entrada aparte. Acabamos en el hostal Els Ossos, uno de los 14 restaurantes del grupo Cuina Volcànica que elaboran recetas tradicionales con productos de la zona. Éramos cuatro y pedimos varios platos para compartir, todos riquísimos pero lo que más me gustó fueron los fesols de Santa Pau (unas judías blancas diminutas) con botifarra esparracada y las patatas de Olot. Me emociono sólo de pensar en ellas aunque son una marranada: dos láminas de patata rellanas de carne picada, rebozadas con clara de huevo y fritas. Teníamos tanta hambre y estaba todo tan bueno que no hubo tiempo para hacer fotos, así que ya sabéis, a la Garrotxa hi falta gent!

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