El hospital más bello del mundo

A algunos les parece raro visitar mercados o cementerios cuando se está de vacaciones, pero más extraño parece visitar un hospital. Sin embargo, ningún turista debería irse de Barcelona sin pasear por los jardines y pabellones del recinto modernista del hospital de Sant Pau. Y los barceloneses también deberían ir, pues es un espacio maravilloso (y gratis el primer domingo de cada mes, así que no hay excusa). De verdad. Esos pequeños pabellones decorados con piedra finamente tallada, coronados por cúpulas multicolores, iluminados por grandes ventanales y claraboyas y conectados por túneles subterráneos por los que todavía transitan fantasmagóricos médicos, enfermeros y pacientes… lo convierten, creo que sin exagerar, en el hospital más bello del mundo y un icono del modernismo.

El Pabellón de Administración, coronado por un reloj.
El Pabellón de Administración, coronado por un reloj.

Pero antes hagamos un pequeño viaje en el tiempo porque la historia de Sant Pau empieza ni más ni menos que en el siglo XV en lo que ahora es el Raval. La necesidad de aunar esfuerzos llevó a los seis pequeños hospitales que había y que dependían de las limosnas, donativos y legados de particulares, a fundar el hospital de la Santa Creu, uno de los más antiguos de Europa y del mundo. En 1401 se colocó la primera piedra —las obras no acabaron hasta mitad de siglo— de un edificio con cuatro alas dispuestas alrededor de un patio y que posteriormente fue ampliado. Ahora, es una de las muestras más importantes del gótico civil catalán y alberga, entre otros, la preciosa Biblioteca Nacional de Catalunya.

El pabellón de la Mare de Déu de Montserrat.
El pabellón de la Mare de Déu de Montserrat.

A finales del siglo XIX, con el crecimiento demográfico y los avances médicos, se quedó pequeño. Esta circunstancia coincidió con la gran transformación urbanística de Barcelona —con el desarrollo del Plan Cerdà y la construcción del Eixample— y con la muerte del banquero Pau Gil, quien legó tres millones de las pesetas de entonces (a saber lo que equivaldrían en euros) para la construcción de un hospital bajo la advocación de Sant Pau. Los albaceas de Gil —cuyo busto preside la entrada principal— y los responsables del hospital llegaron a un acuerdo para erigir el nuevo hospital de la Santa Creu i Sant Pau.

El 15 de enero de 1902 se colocó la primera piedra del nuevo centro en unos terrenos que la Santa Creu tenía entre Gràcia, Horta, el Guinardó y Sant Martí de Provençals. El responsable de diseñar el edificio fue Lluís Domènech i Montaner y tras su muerte, en 1923, su hijo Pere asumió la dirección de las obras, que terminaron en los años treinta. El arquitecto de joyas como el Palau de la Música y la Casa Lleó i Morera se inspiró en los hospitales más modernos de Europa y, teniendo en cuenta ideas higienistas, trazó dos ejes que formaban una cruz, emblema del antiguo hospital, para disponer 48 pabellones aislados rodeados de jardines y conectados entre sí por una red de túneles subterráneos.

Detrás de las personas sin cabeza hay una de las escaleras de acceso al entramado de túneles.
Los pabellones y jardines ya restaurados.

Finalmente, sólo se construyeron 27. Cada uno de ellos estaba destinado a una especialidad distinta. Eran luminosos y con una decoración muy cuidada. De hecho, este maravilloso y singular hospital es patrimonio universal de la Unesco desde 1997. Sin embargo, a partir de los cincuenta, la presión demográfica y la aparición de nuevas especialidades médicas obligaron a hacer numerosas modificaciones arquitectónicas —como la creación de pisos para aprovechar los altos techos— que afectaron la estructura y los elementos ornamentales y no evitaron que se quedara pequeño. En 2009, la actividad sanitaria se trasladó a un nuevo edificio situado en la parte noroeste de los terrenos y empezó una profunda rehabilitación. Todavía quedan algunos por rehabilitar pero hay tres que se pueden visitar y otros están ocupados por organismos internacionales. Si subís a la avenida Verge de Montserrat tendréis una buena visión de ambos recintos.

Otro de los pabellones del recinto modernista.
El pabellón de Nostra Senyora de la Mercè.

La rehabilitación no sólo ha permitido recuperar el esplendor del conjunto sino adaptarlo al siglo XXI. Un ejemplo es el majestuoso pabellón de Administración, que tampoco se salvó de los pisos añadidos que sirvieron para aumentar el espacio, entre otros, el Archivo (y la Secretaria) y la Biblioteca Médica (y el Museo Anatómico), y que ahora son dos modernas salas que acogen cursos y conferencias: la Francesc Cambó —donó dos millones de pesetas que sirvieron para habilitar parte del pabellón como colegio mayor— y la Pau Gil. Conservan, sin embargo, sus maravillosas cúpulas. En el primer caso, son de estilo mozárabe, pues están inspiradas en una capilla del convento de las Concepcionistas de Toledo y, las conchas de las esquinas, en un salón de los Reales Alcázares de Sevilla. En el segundo, destaca la riqueza cromática de la cerámica que decora el techo y las dos columnas finamente talladas.

Detalles del pabellón de la Puríssima y del hall, un pasillo y las salas Cambó y Pau Gil del pabellón de  Administración.
Detalles del pabellón de la Puríssima y del hall, un pasillo y las salas Cambó y Pau Gil del pabellón de Administración.

El inmenso archivo del hospital, por el que a lo largo de 600 años han pasado médicos cuyos nombres seguro os suenan como Corachán, Barraquer, Trueta o Pi i Molist —uno de los responsables del Instituto Mental—, se conserva ahora en armarios con medidas de seguridad y climatización. Entre los documentos destaca la ficha de ingreso y la defunción de Rafael de Casanova en 1714 —lo que le ayudó a huir de Felipe V, pues falleció 29 años después—, y los historiales de dos de los indios siux que acompañaban a Buffalo Bill en el espectáculo de cowboys que lo llevó a Barcelona en diciembre de 1889. En el viejo hospital, donde ahora hay la escuela de diseño Massana, murió Antoni Gaudí el 10 de junio de 1926, tres días después de ser atropellado por un tranvía cuando caminaba por la Gran Via.

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