Mejor otro día, en realidad, mejor nunca

El suicidio, ese tema aún más tabú que el cáncer. Los medios, por lo general, no hablan de ellos por la creencia, fundada o no, de que los casos aumentan cuando se informa de uno de ellos. Y así, sin darnos cuenta, es la primera causa de muerte no natural en España, donde 3.539 personas se quitan la vida en 2012, según el Instituto Nacional de Estadística. Fueron un 11,3% más que el año anterior, la mitad del incremento registrado en la franja de entre 15 y 29 años (25%). Y las altas tasas de desempleo tienen un papel muy importante. De hecho, la pobreza pero también la violencia, la discriminación, los abusos, las guerras… agravan la situación en los países pobres. Ese año, 804.000 personas se suicidaron en todo el mundo, una cada 40 segundos. Es escalofriante.

Además, por cada suicidio consumado hay una decena de intentos. Y luego están los supervivientes, tanto los que no consiguen su objetivo (que pueden sufrir secuelas de por vida) y los familiares y amigos íntimos de los fallecidos, que se enfrentan no sólo al duelo por la pérdida, ya dura de por sí, sino también por el estigma y sentimientos como la culpabilidad y la vergüenza. De ahí que recientemente hayan surgido asociaciones de supervivientes como DSAS.

Sin embargo, apenas se hable de este problema tan grave, más allá del suicidio de algún famoso y del 10 de septiembre, cuando se celebra el Día mundial para la prevención del suicidio. Modestamente, creo que los medios deberían informar de ellos, al menos de vez en cuando y siempre con mucho respeto, para concienciar de la magnitud de esta problemática y facilitar información para quienes piensan en quitarse la vida y personas de su entorno para prevenir y reducir las tentativas, igual que hacen con la violencia de género y el teléfono 016.

Y yo que en realidad os traía una comedia… Bueno, algo dramática pues el punto de partida es el suicidio. Se trata de Mejor otro día, de Pascal Chaumeil, que ha llevado a la gran pantalla la novela de Nick Hornby, el autor de Alta fidelidad. La historia arranca una Nochevieja en la azotea de uno de los edificios más altos de Londres, donde coinciden cuatro suicidas (de ahí, en parte, el título original: A long way down): un famoso presentador de televisión caído en desgracia (Pierce Brosnan), una madre soltera con problemas (Toni Collette), una deslenguada adolescente (Imogen Poots) y un músico que sobrevive como repartidos de pizzas (Aaron Paul, más conocido como Jesse Pickman en Breaking Bad).

Están desesperados pero deciden posponer su suicidio hasta San Valentín (de ahí el título en castellano) y volverse a reunir en el mismo lugar. Pero durante esas semanas no dejan de verse e intentan huir de sus vidas con unas surrealistas vacaciones en Canarias, aunque en realidad la película se rodó en Camp de Mar, una playa de Mallorca cerca de Andratx a la que habrá que ir cuando vuelva a las islas. En realidad, la trama es algo inverosímil pero con un poco de humor agridulce Chaumeil muestra los motivos que han llevado a los protagonistas a querer suicidarse. Y algunos, se comprenden, la verdad. La película no pasará a la historia y, afortunadamente, no es moralista y quizá os sirva para reflexionar.

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