Reviviendo el pasado sin mirar el reloj

Una de las mejores cosas de las vacaciones es el tiempo, ese bien tan preciado que se nos escurre entre los dedos durante el año. Y el ir sin prisas ni horarios me permite leer sin mirar el reloj. Durante el año, solo puedo leer en el metro y el mediodía, que no está mal, pero siempre es por un periodo circunscrito al trayecto que realizo o al regreso a la oficina. Así que estos días puedo abandonarme a la lectura sin preocuparme, demasiado, por el despertador. Y claro, voy devorando libros. Si el año pasado fue el verano de La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker, este es sin lugar a dudas, el de Almudena Grandes. Ya os hablé de Inés y la alegría, que supuso un reto para mí a nivel de concentración, aunque cada vez me resultó más fácil leerlo y acabé llorando con la protagonista cuando revive su vida durante un breve trayecto en coche.

Varios maquis detenidos y tiroteados por la Guardia Civil en Somosierra (Madrid).
Guerrilleros detenidos y tiroteados por la Guardia Civil en Somosierra (Madrid).

Ya sabéis cómo me gustan las novelas en las que se entremezclan la realidad y la ficción tras un exhaustivo trabajo de documentación, así que al terminar el de Inés, no pude hacer otra cosa que comprarme El lector de Julio Verne y Las tres bodas de Manolita para leerlos al sol y bajo la sombrilla en Mallorca, la segunda y la tercera entregas de Episodios de una Guerra Interminable, seis novelas independientes —aunque con referencias entre ellas— con las que revivir la posguerra y los primeros 25 años de la dictadura.

Si Inés y la alegría mostraba la lucha de la guerrilla desde dentro, en El lector de Julio Verne se vive desde una casa cuartel de la Sierra Sur de Jaén y su protagonista es Nino, un niño de nueve años hijo de un guardia civil. Su vida cambia en verano de 1947, cuando conoce a Pepe el Portugués, un forastero, y empieza a recibir clases de mecanografía por si, como teme su padre, no es lo suficiente alto para ingresar en el cuerpo. Nino aprenderá que la guerra todavía no ha terminado, que no terminará nunca, porque los maquis, liderados por Cencerro, se niegan a rendirse.

En este caso, el único narrador es Nino y la historia es más sencilla de seguir pese a la cantidad de personajes que aparecen, y me proporcionó un placer tan intenso como breve: ¡¡¡le faltan 300 páginas!!! Al tener poco más de la mitad de páginas que las otras dos entregas, me pasó como cuando pruebas el suculento plato que tu pareja se ha pedido para cenar en un restaurante y está tan rico que desearías comértelo entero. El libro me hizo pensar mucho en mi abuelo, quien me explicaba que cuando tuvo que hacer la mili tras la guerra —en la que combatió en el bando republicano— y se hizo el sueco cuando se encontró con un guerrillero en el monte.

En la cola de Porlier

También pienso en Ventura con Las tres bodas de Manolita, en él y en mi vecina Carme, quien una vez me contó que de pequeña las prostitutas de Ciutat Vella la protegían de la policía cuando llevaba escondida una pequeña multicopista para imprimir panfletos antifranquistas. Aunque en este libro no sólo hay multicopistas y panfletos, también hay traidores, homosexuales, monjas, curas corruptos, encuentros fugaces y apasionados entre cucarachas… y Manolita, una superviviente que muestra la vida de las mujeres que perdieron la guerra, que hablaban a través de una valla con sus padres, hermanos, maridos encarcelados, que buscaban mil trabajos para sacar adelante a sus familias, mujeres que cumplieron condena fuera de los muros de las prisiones sin haber sido juzgadas.

Misa de Navidad, cuya asistencia era obligatoria, en la cárcel de Porlier en 1943.
Misa de Navidad, cuya asistencia era obligatoria, en la cárcel de Porlier en 1943.

Almudena Grandes se sirve de varios narradores para contar la historia (narra en primera persona la vida de Manolita y en tercera la de los demás) y de saltos en el tiempo para darle dinamismo, dos herramientas que exigen al lector un plus de concentración. Sin embargo, no impiden empatizar con la protagonista y el resto de personajes, como Toñito, Eladia, la Palmera, Rita, Silverio o Isa (si te pierdes hay una lista de personajes al final del libro), compartir su pobreza, sus temores, su desesperación, pero también los pequeños momentos felices y la solidaridad de los compañeros, sobretodo en las colas de cárceles como la de Porlier, donde transcurre parte de la historia, una historia seguramente poco contada y que parece quedar muy lejos.

El colegio situado en la calle del General Díaz Porlier se convirtió a finales de 1936 en una prisión, que funcionó hasta 1944, cuando la dictadura restituyó a los escolapios el edificio que había incautado el Gobierno republicano y actualmente sigue siendo una escuela. Fue una de las 21 prisiones habilitadas en Madrid para encerrar a miles de antifranquistas. Muchos fueron fusilados junto a la tapia del Cementerio del Este; otros, asesinados a garrote vil y otros murieron por el hambre, las enfermedades y las palizas. Es precisamente en esta cola donde Manolita sufre un cambio de mentalidad, donde deja de pensar sólo en si ella y sus hermanos podrán comer al día siguiente y pensar en las mujeres que aguardan con ella, que son ella, porque todas son una.

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