Pequeñas perlas verdes

Una de las cosas que no me gustan de Barcelona es que no hay grandes parques y jardines como Hyde Park, el Retiro o los parques a orillas del lago Léman de Ginebra, con los maravillosos invernaderos del Jardín Botánico. Cuando la ciudad empezó a expandirse, nadie pensó en reservar espacios para crear grandes zonas verdes donde aislarse del ajetreo cotidiano.

El Palacio Real de Pedralbes y la fuente con su relajante surtidor.
El Palacio Real de Pedralbes y la fuente con su relajante surtidor.

La Ciutadella no cuenta que hay cuatro árboles y el Parc Central de Nou Barris tiene poco encanto, así que hay que ir hasta Montjuïc o Collserola para airearse… o buscar alguno de los pequeños jardines, como el del Palacio de Pedralbes, una pequeña perla en la que uno no puede perderse pero sí evadirse un rato: parece mentira pero en la parte superior, junto al palacio, no se oye el ruido de la transitada Diagonal. Será por la fuente pero el entorno invita a sentarse y relajarse.

Su historia se remonta a 1921, cuando en agradecimiento por el título de noble, el alcalde de Barcelona, Joan Antoni Güell, decidió dotar a los reyes de una nueva residencia para cuando visitaran la ciudad. El edificio del siglo XVII de Pla de Palau en el que se hospedaban los reyes cuando visitaban Barcelona ardió el día de Navidad de 1875. Cinco años después, cedió el palacio —fruto de la reforma y ampliación de la torre de aire caribeño que tenía su familia— y los jardines a Alfonso XIII. Con la proclamación de la II República, un lustro después, el Ministerio de Hacienda donó el palacio y los jardines al ayuntamiento, que hace diez años los cedió a la Generalitat.

El palacio se encuentra en un terreno de poco más de siete hectáreas repletas de buganvillas, madroños, palmeras, hiedras, geranios, pinos piñoneros, cipreses, eucaliptos… y en días calurosos invita a sentarse al fresco, en alguno de los muchos bancos que hay bajo los árboles o en algún trocito de césped.

Mediterrània, de Eulàlia Fàbregas de Sentmenat (1962), preside la fuente de la entrada.
Mediterrània, de Eulàlia Fàbregas de Sentmenat (1962), preside la fuente de la entrada.

Hay incluso una veintena de cedros centenarios y un bosquecillo de bambúes, que esconde una sorpresa: la fuente de Hércules que Antoni Gaudí hizo en 1884 y que permaneció oculta por la vegetación hasta 1984, cuando se llevaron a cabo importantes labores de limpieza. Se trata de una cabeza de dragón de hierro forjado de la que mana agua sobre una pila con las cuatro barras. Y ésta no fue la única aportación del arquitecto modernista al jardín: también hay una pérgola parabólica cubierta de enredaderas.

Y ya que estáis por esta parte de la ciudad, podéis pasar por los pabellones Güell. Eusebi Güell encargó a Gaudí reformar la casa que su familia tenía en la finca, cercarla y construir los pabellones de la portería, que datan de 1887. En esta ocasión, el genio modernista optó por darle un aire oriental y el dragón de hierro forjado y ojos de cristal de la puerta principal, obra de Joan Oñós, es impresionante.

Jardines discriminados

La verdad es que es un lugar muy agradable y cuidado. Ojalá dispensaran los mismos cuidados al Laberint d’Horta, que, además, es de pago desde hace 19 años —salvo los miércoles y los domingos— aunque ello no ha impedido su deterioro. Según el ayuntamiento, es “posiblemente, el parque más bello de Barcelona” pero los cipreses del laberinto clarean, parte de los caminos no están bien acondicionados, el jardín doméstico –con camelias y ciclámenes rojos– está cerrado y el palacio Desvalls, catalogado por su interés histórico y artístico, y el pabellón neoclásico están casi en ruinas.

Lo mandó construir el marqués de Llupià a finales del siglo XVIII —aunque en el palacio hay una torre medieval— y sus descendientes lo permutaron por unos terrenos en la actual avenida de Pedralbes en 1967. El consistorio lo abrió a la ciudadanía tras cuatro años de obras y en 1994 lo volvió a reformar para elevarlo a la categoría de museo-jardín. A partir de entonces, se empezó a cobrar una entrada todos los días salvo los miércoles y los domingos y seguramente por ello, no se ve a gente paseando como en el Turó de la Rovira o en la Ciutadella. Eso sí, bien merece una visita pues en este parque sí te puedes perder.

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